
Es increíble cómo pueden cambiar las cosas en un mes para cualquier organización. Y los Marlins de Miami no son la excepción. Al cerrar mayo, teníamos récord de 31-23 y a todos con pesadillas recurrentes. Pasó junio y la primera mitad de julio y ahora la marca es de 44-49. Es decir, un registro de 13-26 en ese lapso, que se traduce en un escuálido -e inaceptable- 33.3% de rendimiento.
Más allá de que junio sea un mes maldito para esta franquicia, los problemas no pueden limitarse a algo puramente estadístico. Tal como un cáncer, sus metástasis se han expandido a todos los componentes del equipo. Partiendo por la mismísima mesa directiva, que nos prometió el oro, el moro y las gemas a comienzos de temporada, diciendo que este plantel estaba listo para derrotar a cualquiera, dar espectáculo y asegurarse un cupo a la postemporada.
¿Y qué hemos visto? Pues exactamente lo contrario. Un equipo que ha cogido el desagradable complejo del yo-yo, en el que la inestabilidad es la orden del día. Un bipolarismo que sería caso de estudio en cualquier facultad de medicina: cuando la ofensiva anda, el pitcheo no responde. Y cuando los lanzadores están inspirados, los bates brillan por su ausencia. Salvo en ese mes de mayo tan soñado, no se ha visto consistencia alguna. Lo peor es que no le ganamos a equipos que deberíamos derrotar con facilidad, y todos saben que ese precio termina pagándose muy caro en los últimos instantes de la campaña.
Jugadores como Heath Bell, Ricky Nolasco, Hanley Ramírez, Logan Morrison y Carlos Zambrano han sido la insignia de este maldito síndrome, rindiendo muy por debajo de lo que se esperaba cuando firmaron sus contratos. El caso de Bell ha sido largamente cubierto en este blog, y prácticamente ya todos saben mi opinión sobre el susodicho. Zambrano pasó de ser lumbrera a decepción luego de su tórrida partida; parece que los vicios de otrora volvieron a conquistarlo, al menos en lo que respecta a su rendimiento en la lomita. Hanley ha madurado un poco, pero tal como le pasara a Pedro Cerrano en Major League II, su juego ha sufrido un bajón increíble en la ofensiva; prácticamente ya no asusta a nadie cuando se para en el plato. Morrison es un out automático con RISP, y no existe lugar en el campo en el que su guante no sea un peligro -basta leer los indicadores sabermétricos para darse cuenta-. Y Nolasco… Bueno, ya todos saben que su complejo de balancín es casi incurable.
Siendo franco, no me sorprendería ver a alguno de éstos abandonar el club antes del cierre del periodo de traspasos.
Añadiendo sal a la herida, podemos ver cómo los grandes nombres han sido reemplazados por jugadores por los que nadie daba un céntimo a comienzos de temporada: Donovan Solano, Justin Ruggiano y Austin Kearns han llevado el peso durante este largo camino. También es necesario destacar las contribuciones de José Reyes, Carlos Lee, Omar Infante y Emilio Bonifacio. Pero el béisbol es un juego de equipo. Y sólo basta que una de las piezas no rinda para que la maquinaria se resienta.
El asunto es que en esta máquina son más las piezas malas que las buenas.
Siempre he dicho que todavía no acierto a comprender cómo Ozzie Guillén puede tener tanta paciencia con este grupo de jugadores. Si yo fuera él, ya los tendría poco menos que rogándome para no echarlos del camarín. Cierto es que el venezolano posee una personalidad imponente y nunca se calla, pero desde su tremendo impasse con el exilio cubano por el asunto de Fidel Castro, parece haber cambiado al modo reticente. Eso no le hace bien al clima interno, puesto que denota una severa falta de autoridad. Lo peor es que las soluciones tampoco parecen venir de ahí: ni él ni Pérez, St. Claire, Cora, Thurman o Espada han hecho estallar la dinamita moral.
Sin embargo, la peor señal viene de arriba. Tanto Loria como David Samson han guardado un silencio demasiado cómplice desde principios de junio, incluso bajo la intensa presión de fans como quien escribe estas modestas líneas, de los periodistas y de todos los adversarios a los que nos toca enfrentar. Pero el gesto más indignante vino de parte de Larry Beinfest, presidente de operaciones del club, quien dijo no estar seguro de qué pasos debía tomar el club para salir del tremendo agujero en el que se metió sin ayuda de nadie. Ahí sí que estamos mal, si me permiten decirlo. El diagnóstico es claro hasta para un ciego: o se ponen de inmediato a trabajar en soluciones para arreglar los puntos débiles que presenta la franquicia o este primer año de la nueva era no será más que un total, completo y absoluto fracaso.
Esta estulticia de los directores me recuerda a una conversación que tuve el año pasado, en uno de mis últimos cursos de comunicación estratégica. Hablábamos del accountability, que es el término referente a la capacidad de cumplir lo que se promete. Algo que se aplica a todas las organizaciones, desde Gobiernos a pequeñas empresas, pasando por organismos públicos, medios de comunicación, clubes deportivos y hasta el señor que nos vende el diario todas las mañanas en el kiosco de la esquina. A colación salió un ejemplo que yo saqué, referente al mal estado del Internet inalámbrico en mi facultad. Dijeron que lo iban a arreglar, cosa que nunca nadie percibió al conectarse desde los portátiles, celulares o cualquier otro dispositivo. Hasta el día de hoy pienso que a la universidad le importa un reverendo comino el patético estado operativo de su red WiFi, y de seguro debe seguir igual de mala que cuando yo entré a estudiar en ella, hace cinco años y medio.
De seguro deben estarse preguntando qué demonios quiero decir con esto. Pues es muy sencillo: estamos hablando de un accountability superficial, más enfocado en la imagen que en la sustancia. Algo que se queda en las puras palabras y nunca muestra nada, básicamente porque no lo tiene. Es buscar conseguir la fama y la fortuna sin dignarse a tomar los riesgos asociados. Es éxito sin responsabilidad. Es, lisa y llanamente, la carta de los cobardes. Una analogía básica nos deja en la situación actual de la franquicia, donde podemos apreciar muchos de esos síntomas.
Ya dijimos que los problemas están en la pizarra. Pues la solución es mucho más sencilla aún: descartar la mano superficial y reemplazarla por un accountability de verdad. Dejar que las acciones -y no los nombres- cuenten la historia. No sacrificar los principios por ganar un par de puntos de percepción. Asumir las culpas con dignidad y trabajar para evitar que vuelvan a repetirse. Sólo así los Marlins de Miami podrán repuntar y comenzar a mostrar de lo que realmente están hechos.
Como éste es el mundo real, reparar una red inalámbrica es mucho más fácil que reflotar un barco oxidado y a punto de hundirse, por triste que suene. Pero nadie dijo que es una tarea imposible.